La piel de Rose se erizó mientras se rociaba perfume detrás de las orejas y en las muñecas. Sus pensamientos eran un caos. Se arrepentía de haber aceptado acostarse con Matteo esa noche.
Ella no era su verdadera esposa, y eso solo hacía que su miedo y culpa fueran aún peores. Las dudas comenzaron a invadirla. ¿Y si simplemente lo posponían? Cuanto más lo pensaba, menos preparada se sentía. Su respiración empezó a volverse agitada.
—Dios mío… ¿qué hago? —susurró Rose desesperada.
Tal como habían