Mundo ficciónIniciar sesiónLa presentación de Meridian del viernes salió exactamente como debía.
Elena se encontraba de pie frente a ocho personas reunidas alrededor de una mesa de conferencias. Presentó tres escenarios de reestructuración y respondió a todas las preguntas sin consultar sus notas ni una sola vez.
Cuando terminó, el cliente principal le dijo a David que era la analista más clara con la que habían trabajado en los últimos dos años.
David le dio las gracias.
Ryan, sentado a la cabecera de la mesa, no dijo nada. Se limitó a observar a Elena con esa atención silenciosa y concentrada que ella empezaba a comprender que era su manera de expresar satisfacción.
Mientras salían del edificio, Ryan igualó su paso al de ella.
—No titubeaste ni una sola vez —dijo.
—¿Por qué habría de titubear? —respondió Elena.
—La mayoría de la gente lo hace. En salas como esa.
Ella lo miró de reojo.
—He estado en salas mucho más difíciles que esa.
Ryan volvió la cabeza y la miró directamente.
—Lo sé —dijo en voz baja.
Estaban a punto de llegar a la salida cuando el ambiente del vestíbulo cambió.
Era la única forma en que Elena podía describirlo.
Ese cambio casi imperceptible que experimenta una sala cuando entra alguien que conoce el efecto que provoca en los demás y ha decidido aprovecharlo al máximo.
Elena lo sintió antes de verlo.
Se volvió.
Alta.
Vestido rojo.
Hermosa de una manera cuidadosamente construida y perfectamente calculada.
Atravesó el vestíbulo mirando directamente a Ryan, como si el resto del lugar no existiera.
Ryan se quedó inmóvil junto a Elena.
No era su frialdad habitual.
Era una quietud distinta.
La de alguien que estaba intentando controlar una situación que aún no había decidido cómo afrontar.
—Ryan.
La voz de la mujer sonó cálida y perfectamente ensayada.
En cuanto llegó hasta ellos, le tocó el brazo.
Con naturalidad.
Con familiaridad.
Un gesto que parecía decir: «Ya he hecho esto antes... y tengo todo el derecho a volver a hacerlo».
—Sonia —dijo Ryan.
Los ojos de Sonia se posaron en Elena.
Se tomó su tiempo.
De arriba abajo.
La evaluó despacio y con deliberación, como quien decide exactamente qué clase de problema tiene delante.
—Debes de ser Elena —dijo.
Su sonrisa era perfecta.
Todo lo que ocultaba bajo ella era exactamente lo contrario.
—He oído mucho sobre ti.
—¿De verdad? —respondió Elena con amabilidad—. Yo no he oído absolutamente nada sobre usted.
Algo cruzó el rostro de Sonia.
Fue rápido.
Controlado.
Pero no lo suficiente.
—Deberíamos ponernos al día pronto —le dijo a Ryan, como si le estuviera haciendo un favor.
—Mi agenda no me lo permite —respondió Ryan.
Sonia soltó una ligera risa, como si él hubiera dicho algo encantador.
Le tocó el brazo una última vez, con la posesividad calculada de alguien que marca un territorio que sigue considerando suyo, sin importar lo que diga ningún documento.
Luego se dio la vuelta, cruzó de nuevo el vestíbulo y desapareció.
El ambiente pareció relajarse tras su marcha.
Ya en el coche, Ryan rompió el silencio.
—Era Sonia Vale.
—La hija de Doom Vale —dijo Elena—. Sabía exactamente dónde ibas a estar esta mañana. Incluso el edificio y la hora.
La mandíbula de Ryan se tensó.
—Sí.
—Alguien le está informando de todos tus movimientos —dijo Elena—. Alguien con acceso directo.
Ryan no respondió.
—La filtración de datos ocurrió dentro de Fountain House. Anthony la ha estado investigando.
Ryan volvió la mirada hacia ella.
—¿Cómo sabes lo de la filtración?
—Tú me lo contaste. Hace tres semanas. La mañana después de que Anthony la detectara por primera vez. Estabas distraído y dijiste más de lo que pretendías.
Sostuvo su mirada.
—¿Es Max?
El interior del coche quedó en silencio.
Ryan volvió la vista hacia la ventanilla.
Sus manos permanecían completamente inmóviles sobre el regazo.
Era la quietud de un hombre que solo conseguía mantenerse entero por pura fuerza de voluntad.
—Anthony cree que sí —dijo al fin—. Solo necesita una confirmación más.
Elena observó su perfil.
La tensión de su mandíbula.
La serenidad cuidadosamente controlada de su expresión.
Y el dolor que vivía bajo toda aquella calma, un dolor al que él jamás pondría nombre.
—¿Qué le ofreció Sonia? —preguntó.
Ryan permaneció en silencio durante un largo momento.
—A ella misma —respondió por fin—. Lo convenció de que yo había construido algo de lo que él merecía formar parte. De que estaba apartando del poder a las personas más cercanas a mí. De que ayudar a su padre a desmantelarlo era lo correcto.
Su mandíbula volvió a tensarse.
—Y Max le creyó... después de más de doce años de conocerme.
Elena asimiló aquellas palabras.
Pensó en la risa fácil de Max.
En su calidez sincera.
En la forma en que había dicho que quería hacer que valiera la pena volver a casa.
Pensó en cómo el amor y la traición podían convivir dentro de una misma persona.
En cómo era posible llorar ambas cosas al mismo tiempo.
—Ryan...
Él levantó la mirada.
Elena extendió la mano y la posó sobre la de él.
Ryan bajó la vista hacia ese gesto y luego volvió a mirarla.
Algo en su expresión se resquebrajó durante exactamente tres segundos.
—Esta vez no estás solo —dijo ella en voz baja.
Ryan la contempló durante un largo instante.
Después giró la mano y entrelazó sus dedos con los de ella.
Ninguno de los dos volvió a hablar durante el resto del camino a casa.
Pero Elena no dejaba de pensar en Sonia Vale.
En la forma en que había tocado el brazo de Ryan.
Dos veces.
Ambas de manera deliberada.
Ambas transmitiendo el mismo mensaje.
Él es mío. Este es un territorio conocido para mí. Tú eres quien no pertenece aquí.
Elena ya había tratado con mujeres como Sonia.
No exactamente con alguien como ella.
No tan rica.
No tan peligrosa.
Pero el comportamiento era el mismo.
Esa sonrisa cuidadosamente calculada que decía todo lo necesario sin pronunciar una sola palabra que pudiera volverse en su contra.
Esa calidez tan precisa, diseñada para hacerte sentir bienvenida mientras, al mismo tiempo, medía la forma de conducirte hacia la salida.
Elena no pensaba irse a ninguna parte.
Pensó en lo que Ryan le había contado.
Tres semanas siguiendo el rastro de una filtración de datos.
Anthony estaba cada vez más cerca de identificar al responsable.
Max estaba proporcionando a Sonia información confidencial desde el interior de Fountain House.
Pensó en el rostro de Max el sábado.
En la sinceridad de su sonrisa.
En la forma en que había dicho que quería hacer que valiera la pena volver a casa, con la convicción de alguien que creía cada una de sus palabras.
Un hombre podía creer profundamente en algo y, al mismo tiempo, hacer exactamente lo contrario.
Ella había aprendido esa lección en un restaurante, llevando un vestido azul, una noche que había preparado con ilusión durante dos semanas.
Bajó la mirada hacia la mano de Ryan, que seguía entrelazada con la suya.
Pensó que el amor no era lo mismo que la lealtad.
Y que, a veces, la persona más peligrosa de una habitación era precisamente aquella de la que uno había decidido que era imposible desconfiar.
Apretó suavemente la mano de Ryan.
Él la miró.
—Saldremos de esta —dijo ella.
Ryan sostuvo su mirada durante un largo momento.
—Sí —respondió en voz baja—. Saldremos adelante.
Ella le creyó.
Por primera vez desde que había entrado en un edificio que llevaba el nombre de Ryan y había unido su vida a la de un hombre al que apenas conocía, creyó por completo y sin la menor reserva que, pasara lo que pasara, lo afrontarían juntos.
Y, en ese instante, aquello lo era todo.







