Max Harrison llegó el sábado por la mañana como si fuera el dueño del lugar.
Dos golpes en la puerta.
Sin esperar respuesta.
Entró directamente con dos bolsas de papel de la panadería de la planta baja y una sonrisa que hizo que el ático se sintiera, al mismo tiempo, más pequeño y más acogedor.
Se detuvo en cuanto vio a Elena.
—Por fin —dijo.
Cruzó la sala y le tendió la mano.
—Max Harrison. Mejor amigo. El que más ha sufrido. Conozco a Ryan desde que teníamos dieciocho años, y todavía me debe