León
No despertó.
Ni cuando la saqué del ascensor.
Ni cuando crucé el ático.
Ni siquiera cuando abrí la puerta del dormitorio con el hombro.
Isabella permaneció inmóvil en mis brazos, con la cabeza apoyada en mi pecho, su respiración suave y cálida a través de la fina tela de mi camisa.
La miré. Seguía dormida. Completamente ajena a todo.
Una extraña sensación me oprimió el pecho: algo cálido… y algo peligroso.
Confiaba en mí lo suficiente como para dormir así. O tal vez… simplemente estaba dem