León
“Gracias”, oí, e inmediatamente miré a Isabella. No debía estar soñando, ¿verdad? ¿De verdad la oí agradecerme hace un momento?
Me obligué a calmarme, aunque mi corazón latía con fuerza. La miré de nuevo; tenía la cabeza apoyada en la ventana, en una posición que sabía que no podía ser cómoda para ella.
“¿Qué dijiste?”, pregunté, queriendo oírla repetirlo, queriendo asegurarme de que no me estaba engañando.
“Isabella”, la llamé, y mi propia voz me sorprendió. Era suave… y temblorosa.
“Bell