—¿Eso es una costumbre australiana? —preguntó con una sonrisa de lado—. Perdón... puede que haya curioseado un poco en tu teléfono. —Añadió entre risas.
—¿De verdad eres un príncipe? —preguntó Charlotte, solo para asegurarse.
—Eh... sí. Creo que eso fue exactamente lo que acabo de decir. ¿Por qué tienes esa cara de susto? ¿Acaso no parezco un príncipe? —preguntó con curiosidad.
—¡No!... Bueno, sí... ahora sí lo pareces, pero ayer... anoche... yo... no lo entiendo —confesó.
—Ah, sí... perdón por