Simulando que hacía fila para obtener una mesa, Rebeca siguió con la mirada a la pareja y vio que, después de haberse besado dos veces, ahora compartía la entrada de rollitos como dos enamorados, bebía vino y hablaba entre sonrisas y coqueteos sobre cuál era la mejor opción del menú que el mesero acababa de pasarles.
«¡Me provocan náuseas!», pensó Rebeca mientras se hacía una idea de lo que podía hacer para arruinar a Luisa. «No es justo, no es para nada justo que ella sí haya conseguido llamar