Con el corazón dando tumbos, Luisa llegó a la empresa de Mario, contando los minutos para poder regresar y recoger a los trillizos, que estaban a menos de una hora de salir del colegio.
—Buenas tardes, señorita —saludó Luisa en la recepción de la empresa—. Estoy buscando al señor Mario Aristizábal. ¡Es urgente, por favor!
La recepcionista miró a Luisa de arriba a abajo, como si se hubiera topado con una loca recién escapada de un sanatorio.
—Y a mí me gustaría conocer a Brad Pitt y casarme con