54. CASATE CONMIGO.
Lía
Me miré al espejo por enésima vez, inclinando la cabeza ligeramente y sonriendo de lado. Me veía... magnífica. El vestido que Arthur me había enviado era simplemente espectacular: un diseño ajustado, con una caída que parecía hecha a la medida de mi silueta. Arthur no escatimó en detalles; además del vestido, había enviado un juego de perlas —collar, pulsera y pendientes— y una tarjeta escrita a mano con una caligrafía que reconocí al instante. La nota, breve pero llena de promesas, decía.