La figura imponente de Andrés estaba ahora frente a ella, abotonándose la camisa, casi listo para marcharse. Victoria, en cambio, evitaba mirarlo; sus ojos recorrían todo el cuarto, menos a él. De pronto, su vista se posó en las sábanas que cubrían parte de la cama: allí estaba la evidencia de lo que habían hecho. Las manchas de sangre dejaban en claro que su virginidad era cosa del pasado, y Andrés había sido el responsable.
Se sintió una tonta por haberle entregado a él algo que, en su mente,