Carlos regresó apresuradamente a la Mansión Irene. Su corazón le retorcía como si lo apuñalaran. En las habitaciones vacías, gritó el nombre de Irene:
—¡Irene! ¿Dónde estás? ¡Me equivoqué! No debí tener a otra mujer. ¡Solo tú estás en mi corazón!
Su voz rebosaba arrepentimiento y desesperación.
—Puedes castigarme, incluso morderme, pero no te vayas así. ¡Te lo ruego, no te vayas!
Su voz temblaba, casi suplicando.
—No puedo vivir sin ti, Irene —Repitió palabras de disculpa una y otra vez hasta qu