El regreso a casa con la pequeña Angeline marcó el inicio de una nueva realidad que ninguno de los involucrados habría podido predecir meses atrás. La residencia, que antes vibraba con la tensión de los planes de negocios y los conflictos de alcurnia, se había transformado en un santuario. El aire estaba impregnado de ese suave y embriagador aroma a bebé, y el sonido de los pequeños suspiros de la niña al dormir se había convertido en la única música necesaria.
Anna y Amadeo estaban radiantes