Ainara
Volver a ver a Adrik después de todos estos años fue como recibir un golpe directo en el estómago: me dejó sin aire y con la mente nublada, aun así, hice lo que mejor sé hacer y fingí que su presencia no me afectó en absoluto.
Mentí. En verdad me estaba muriendo por correr y abrazarlo, o golpearlo, o gritarle en su cara lo idiota que fue al alejarse como lo hizo; al exponerse de esa forma tan tonta y valiente al mismo tiempo, que de solo recordar aquel día en que salió de la aldea en bus