LENI
—¡No! ¡No! ¡Por favor, no! —Ardian gritó, mientras sus pies corrían hacia el oscuro interior del Castillo.
La imagen de Ardian sosteniendo a su hermana Leysa, yaciendo sin vida en sus brazos, se grabó en mi mente como una herida que nunca sanaría. La desesperación en su rostro era un reflejo de mi propio dolor. Su expresión era de impotencia.
—No puedo hacer nada —La voz de mi madre resonó en el aire, fría y firme—. Está muerta.
Ardian apretó los dientes, su mirada se tornó oscura, y la r