Elarimil estaba de pie frente a los ventanales, miraba hacia afuera, sabia que ella estaba de vuelta en el castillo, solo era cuestión de tiempo para que volviera a seducir a su marido, lo conocía, caería rendido ante los encantos de esa mujerzuela, se sentía intranquila, aunque otra parte de su ser le trataba de convencer que Keith había cambiado, que no la engañaría de nuevo, era difícil creerle a esa voz.
— Su majestad — la interrumpió una doncella—, su esposo requiere de su presencia.
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