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—¿Ah, sí?
Les agarré las manos a él y a Rayna; ella nunca se alejaba de él ni un centímetro. Ninguno de los dos intentó soltarse. Me quedé mirando las tenues líneas rosadas de sus palmas que ya casi sanaban. Pasé los pulgares sobre ellas y susurré:
—Es un maldito martirio, ¿no? Al menos ya no puedes mentirme y decirme cuánto me quieres en serio. Era lo único que te pedía. Ahora ya sé la verdad.
Miré a mi tía Beth, que estaba a punto