Elara
—Haremos otra ronda en dos horas, vayan a dormir —les grité a los cinco guerreros frente a mí. Gruñeron, y entendía su frustración, pero no me importaba.
Mi madre estaba en coma. Los sanadores tuvieron que inducírselo porque perdía la razón cada vez que abría los ojos. Gritaba y se sacudía, se jalaba el cabello, con la mirada desorbitada, sin ver nada a su alrededor, pero lo que fuera que su cerebro le mostraba había convertido a mi dulce y dócil madre en una lunática violenta y desquicia