Finn
Mierda, me dolía la cabeza. Hacía mucho que nadie me golpeaba de verdad. Noté que no nos habíamos movido de allí; no debía haber perdido el conocimiento por mucho tiempo. Estaba arrodillado, con dos guerreros flanqueándome. Tenía las manos atadas con grilletes de plata, y esas cosas picaban horrores.
Respiré profundo y no olí nueva sangre derramada; eso tenía que ser una buena señal. El comando de Kennedy seguía firme. Escuchaba voces en susurros, pero mi cabeza seguía zumbando y la plata e