Capítulo 5

El aire fresco de la noche acariciaba su rostro mientras Emily caminaba sin rumbo fijo, los ecos de la conversación con Brendan resonando en su mente. Cada palabra, cada gesto, parecía más distante que el anterior.

La sensación de abandono y desesperanza la envolvía, pero, de alguna manera, también la empujaba hacia algo nuevo, algo que aún no comprendía bien. Había llegado a un punto en el que ya no podía seguir viviendo bajo las expectativas de los demás, ni bajo la sombra de un amor que nunca existió.

Los árboles susurraban a su paso, y el crujir de las ramas bajo sus pies la hizo detenerse un momento. Sabía que no podía seguir viviendo en ese lugar, en esa vida que había sido impuesta sobre ella. La manada, las presiones, el matrimonio… todo eso ya no era parte de su camino. Tenía que liberarse. El instinto de loba en su interior la empujaba a moverse, a huir, a encontrar su propio lugar en el mundo.

Pero, aunque lo deseaba, la incertidumbre de lo que vendría después la aterraba.

De repente, la oscuridad del bosque se desvaneció y Emily se encontró en un lugar completamente distinto. El vestíbulo de la vieja mansión de su infancia se alzaba ante ella, con las luces cálidas de las lámparas iluminando los cuadros que adornaban las paredes. Todo parecía tan familiar y a la vez tan lejano, como si estuviera atrapada en una memoria que no le pertenecía del todo. Parpadeó, confundida, intentando entender cómo había llegado allí.

Alina estaba de pie en el centro del vestíbulo, con un vestido blanco que brillaba suavemente bajo la luz. Su cabello oscuro caía en cascada sobre sus hombros, y la sonrisa que siempre había iluminado su rostro estaba ausente. En su lugar, había una expresión de preocupación que Emily no recordaba haber visto antes.

—Emily… —comenzó Alina, con voz suave, pero con un tono que no era el mismo de siempre. Había algo distante, algo extraño en ella.

Emily sintió un nudo en la garganta al verla. Su hermana, su querida Alina, estaba frente a ella como si los años no hubieran pasado, como si no hubiera muerto hacía tanto tiempo. El dolor de su pérdida volvió a golpearla con fuerza, pero también lo hizo la calidez de verla allí, tan real como los recuerdos que atesoraba.

—¿Qué pasa, Alina? —respondió Emily, aunque su voz sonaba más dura de lo que había querido. No podía evitar sentirse vulnerable, débil, frente a la aparición de su hermana.

Alina vaciló por un momento, mirando alrededor, como si tratara de decidir si debía decir algo más. Pero finalmente, con un suspiro, habló.

—Sé lo que está pasando entre tú y Brendan. —El aire pareció volverse más denso con sus palabras.

Emily la miró fijamente. ¿Cómo sabía? ¿Había sido tan obvia? ¿O era este sueño una manifestación de lo que su corazón ya sabía, pero temía enfrentar? Se obligó a hablar, aunque su voz temblaba.

—No tienes que hacer esto, Alina. —Intentó mantener la calma, pero su corazón latía rápido, casi como si pudiera oírse desde el interior de su pecho. —Tú... tú no estás aquí. Esto no puede ser real.

Alina dio un paso adelante, y su mirada parecía perforar la fachada que Emily había construido en los últimos años. Parecía tan real, tan viva, que Emily comenzó a cuestionarse si realmente estaba soñando.

—Te he visto con él, Emily. He visto cómo te comportas. Y sé lo que está pasando, aunque no quieras aceptarlo. Lo sé todo. —La voz de Alina era tan firme, tan segura, que hizo que Emily se estremeciera.

—Tú… —Emily sintió cómo la rabia comenzaba a recorrerle las venas, una emoción que apenas podía controlar. —¿Tú qué sabes? ¿Sabes lo que ha hecho Brendan? ¿Sabes lo que me hizo a mí? ¡Tú eres la última persona con la que quiero hablar sobre eso!

Alina se encogió de hombros, como si todo fuera una cuestión trivial, algo que ya no la afectaba.

—Sé lo que sé. Sé que él te ha dejado y te está ignorando. Y sé que no es solo por la falta de hijos, Emily. Tú también has dejado que todo esto pase, has permitido que él se alejara de ti.

Emily cerró los ojos, sintiendo cómo las palabras de Alina la perforaban. Por un momento, se sintió tan expuesta, tan vulnerable, que no pudo soportarlo. ¿Por qué su hermana parecía disfrutar de su sufrimiento? ¿Por qué no podía apoyarla en lugar de señalar sus debilidades?

—No entiendo... —murmuró Emily, con lágrimas comenzando a deslizarse por sus mejillas. —¿Por qué estás aquí? ¿Por qué ahora? No pude salvarte entonces, y ahora siento que tampoco puedo salvarme a mí misma.

Alina suavizó su expresión, y por un instante, la hermana que Emily recordaba parecía estar de regreso.

—Estoy aquí porque necesitas recordar algo, Emily. Necesitas recordar quién eres. No puedes seguir viviendo para los demás. No puedes seguir dejando que te consuman. —La voz de Alina era más suave ahora, pero había una fuerza innegable en ella. —No olvides quién eras antes de que todo esto comenzara.

Emily intentó responder, pero antes de que pudiera decir algo más, la figura de Alina comenzó a desvanecerse, como si el sueño estuviera terminando. Estiró una mano hacia su hermana, pero fue en vano.

—¡Alina! —gritó, pero lo único que quedó fue el eco de su propia voz.

Emily abrió los ojos de golpe, su respiración entrecortada mientras intentaba orientarse. Estaba de vuelta en su habitación, la tenue luz de la luna filtrándose por las cortinas. Su corazón seguía latiendo con fuerza, y las palabras de Alina resonaban en su mente.

No olvides quién eras antes de que todo esto comenzara.

Mientras se sentaba en la cama, abrazando sus rodillas, supo que ese sueño no había sido una simple ilusión. Había algo en él, algo en la presencia de Alina, que la había llenado de una determinación que hacía tiempo no sentía.

No podía seguir dejando que Brendan y la manada definieran su vida. No podía seguir siendo prisionera de las expectativas y los errores de los demás. Era hora de recordar quién era realmente.

El sol se ocultaba tras el horizonte, tiñendo el cielo con tonos rojos y naranjas, como si el mundo reflejara el caos que invadía el corazón de Emily.

La casa principal estaba casi desierta, salvo por el murmullo de algunos miembros de la manada que aún deambulaban por los alrededores. Pero Emily sabía dónde encontrar a Brendan. Su esposo había desarrollado una rutina predecible en los últimos meses, refugiándose en el invernadero detrás de la casa.

Con cada paso que daba hacia ese lugar, el dolor en su pecho se intensificaba. Las palabras no llegaban a su mente con claridad, pero la furia alimentaba su determinación.

Al abrir la puerta de cristal del invernadero, lo encontró inclinado sobre una planta, con una expresión relajada que contrastaba brutalmente con el torbellino emocional de Emily.

—Brendan —llamó, con la voz firme, aunque cargada de emociones.

Él se giró lentamente, como si no le sorprendiera verla allí.

—Emily, no estoy de humor para otra de tus escenas —dijo, con tono monótono.

—¿Otra de mis escenas? —repitió Emily, sintiendo cómo la ira comenzaba a escapar de su control. —¡Esto no es una escena, Brendan! Es una conversación que debería haberse dado hace mucho tiempo.

Brendan suspiró, dejando caer los guantes de jardinería al suelo.

—¿Qué quieres ahora?

—Quiero que me digas la verdad —exigió Emily, dando un paso hacia él. —Ya no puedes esconderte. Te vi con Lilah. Y no me vengas con excusas.

Por un instante, Brendan no dijo nada. Su rostro permaneció impasible, pero sus ojos se movieron, esquivando los de Emily. Finalmente, se enderezó y cruzó los brazos.

—Está bien —dijo con frialdad. —Sí, Lilah y yo estamos juntos.

El mundo de Emily pareció detenerse por completo. Aunque había sospechado, aunque había visto las señales, escuchar las palabras salir de su boca fue como una daga atravesándole el corazón.

—¿Desde cuándo? —preguntó, su voz apenas un susurro.

—Hace casi un año —respondió Brendan sin inmutarse.

Emily cerró los ojos, intentando contener las lágrimas que amenazaban con desbordarse.

—¿Un año? —repitió, incrédula. —Un año entero... mientras yo trataba de salvar lo poco que quedaba de este matrimonio.

Brendan dio un paso hacia ella, pero no había arrepentimiento en sus ojos, solo cansancio.

—Emily, nuestro matrimonio estaba condenado desde el principio. Ambos lo sabemos.

—¡Yo no lo sabía! —gritó Emily, sintiendo cómo la rabia comenzaba a apoderarse de ella. —Yo creía en nosotros.

—Eso fue tu error —dijo Brendan, con una frialdad que la dejó sin aliento. —Nunca te amé, Emily.

Esas palabras cayeron como un mazazo. Emily retrocedió, tambaleándose ligeramente.

—¿Nunca? —susurró, su voz quebrándose.

Brendan negó con la cabeza.

—Nos emparejaron porque era lo correcto para la manada, no porque hubiera amor. Y si soy honesto, siempre pensé que lo entenderías con el tiempo.

Emily apretó los puños, luchando por mantener la compostura.

—¿Y Lilah? —preguntó, casi escupiendo las palabras. —¿Qué significa ella para ti?

Brendan bajó la mirada por un momento, como si estuviera eligiendo cuidadosamente sus palabras.

—Lilah me entiende de una forma que tú nunca pudiste. Con ella no hay expectativas, no hay... presión.

La mención de su hermana fue la gota que colmó el vaso.

—¿Presión? —repitió Emily, con incredulidad. —¿Crees que yo no he sentido presión? ¡He soportado años de tus desplantes, de tus silencios, de tu frialdad! Y todo porque pensé que era mi deber como tu compañera, como tu Luna.

Antes de que Brendan pudiera responder, la puerta del invernadero se abrió, dejando entrar a Caleb, uno de los cazadores más jóvenes de la manada. Su rostro reflejaba incomodidad al ver la tensión entre ambos.

—Perdón por interrumpir —dijo Caleb, mirando a Brendan. —Margot está buscando a ambos. Dice que hay algo urgente que discutir.

Emily lo miró con una mezcla de gratitud e irritación. Aunque odiaba la idea de enfrentarse a la madre de Brendan en ese momento, la presencia de Caleb le dio una excusa para alejarse antes de perder completamente el control.

—Dile a Margot que iré en un momento —dijo Brendan, sin apartar la vista de Emily.

Caleb asintió rápidamente y salió del invernadero, dejando a la pareja nuevamente en silencio.

—Esto no ha terminado —dijo Emily, con la voz firme.

—No, no lo ha hecho —respondió Brendan, aunque su tono era indiferente.

El camino de regreso a la casa principal fue un torbellino de emociones para Emily. Cuando llegó, se encontró con Margot y Adeline sentadas en la sala junto a dos miembros del consejo, Greta y Hugo, además de un rostro nuevo: Talia, una sanadora que había llegado a la manada recientemente.

Talia era joven, con una presencia tranquila y ojos que parecían ver más de lo que mostraban. Al notar la llegada de Emily, le dedicó una pequeña sonrisa, pero esta no tuvo fuerzas para devolvérsela.

—Emily —dijo Margot, con su habitual tono autoritario. —Necesitamos hablar.

—¿Sobre qué? —preguntó Emily, sin molestarse en ocultar su irritación.

—Sobre tu lugar en esta manada —respondió Hugo, un hombre corpulento con una mirada inquisitiva.

Emily levantó una ceja, sorprendida por su intervención.

—¿Mi lugar?

—Sí —dijo Margot. —Los ancianos están preocupados por tu incapacidad para producir un heredero.

Emily sintió cómo la rabia volvía a subir a la superficie.

—¿Mi incapacidad? —preguntó, mirando a cada uno de ellos. —¿Alguno de ustedes ha considerado la posibilidad de que tal vez Brendan sea el problema?

Un incómodo silencio llenó la sala. Talía, que había permanecido en silencio hasta ese momento, dio un paso al frente.

—Si me permiten intervenir —dijo con suavidad—, hay formas de determinar si el problema es de uno o de ambos.

—Eso no será necesario —dijo Margot rápidamente.

—¿Por qué no? —preguntó Emily, cruzándose de brazos. —¿Tienes miedo de que la verdad no sea conveniente para tu querido hijo?

Margot abrió la boca para responder, pero fue Greta quien habló primero.

—Emily tiene razón. Si vamos a discutir su lugar en la manada, debemos hacerlo con todos los hechos sobre la mesa.

Margot fulminó a Greta con la mirada, pero no replicó. Emily, por su parte, sintió una pequeña chispa de alivio al ver que al menos alguien estaba dispuesto a defenderla.

—Esto no cambia nada —dijo Hugo, con voz grave. —La manada necesita un heredero, y si Emily no puede cumplir con ese deber, tendremos que considerar otras opciones.

Emily lo miró, incrédula.

—¿Otras opciones? —repitió. —¿Qué estás sugiriendo exactamente?

Hugo no respondió, pero el significado de sus palabras quedó claro. Emily sintió cómo las lágrimas se acumulaban nuevamente en sus ojos, pero esta vez no las dejó caer.

—¿Saben qué? —dijo, con una sonrisa amarga. —Hagan lo que quieran. Ya no me importa.

Se giró y salió de la sala, dejando a los demás sumidos en un incómodo silencio.

Más tarde esa noche, Emily se encontró nuevamente a solas con Brendan en su habitación.

—¿Por qué no me dijiste que nunca me amaste? —preguntó, con la voz apenas un susurro.

Brendan no respondió de inmediato.

—No quería herirte —dijo finalmente.

—¿Herirme? —repitió Emily, con amargura. —¿Crees que mantenerme en un matrimonio basado en mentiras fue menos doloroso que la verdad?

Brendan no dijo nada, y Emily sintió cómo la distancia entre ellos se hacía aún más grande.

—No puedo seguir así —dijo finalmente, con la voz quebrada.

Brendan la miró, pero no había compasión en su mirada, solo resignación.

—Tal vez sea lo mejor —dijo.

Emily lo miró por última vez antes de salir de la habitación. Sabía que ese sería el comienzo del fin. Emily subió a su habitación, cerrando la puerta detrás de ella. Se dejó caer en la cama, sintiendo cómo la rabia y el dolor finalmente se desbordaban. Pero mientras las lágrimas corrían por su rostro, una nueva emoción comenzó a tomar forma: determinación.

Si Brendan y los demás querían reemplazarla, tendrían que intentarlo. Pero no pensaba irse sin luchar.

Ella era la Luna de la manada, y aunque su vínculo con Brendan estuviera roto, todavía tenía algo que demostrar.

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