En la penumbra de la noche dos almas destinadas a estar juntas sollozaban en sus habitaciones cansados del sufrimiento y penurias que cada uno cargaba sobre sus hombros.
Por un lado estaba nuestra querida Verina, que miraba pacificamente la ventana de su habitación, apreciendo la luna que brillaba hermosamente en el cielo, iluminando todo a su paso y resaltando el rastro de lagrimas sobre sus mejillas; pensaba en todo y nada a la vez, admirando la fuerza de luz que emanaba esa facinante roca,