Lo seguí hasta su despacho.
No pensé.
Si lo hubiera hecho, quizá no habría ido.
El Alfa entró.
Yo puse una mano en la puerta antes de que pudiera cerrarla.
Se volvió.
—¿Qué haces?
—Quiero hablar contigo.
Su expresión se endureció.
—No es momento.
—Para mí sí.
Me sorprendió escuchar mi propia voz.
No era fuerte.
Pero no temblaba tanto como antes.
Entré.
Cerré.
El corazón me golpeaba bajo las costillas.
—¿Por qué no me dejas ir?
El Alfa se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Nick ha preguntado.
Respiré.
—Yo h