La primera grieta apareció esa misma tarde.
Yo estaba en la lavandería cuando una muchacha se acercó.
Se llamaba Lina.
Trabajaba en las habitaciones del ala este y casi nunca hablábamos más de lo necesario.
—Serafine.
Levanté la cabeza.
—¿Sí?
Miró alrededor.
—Tengo que decirte algo.
Su voz era tan baja que me obligó a acercarme.
—¿Qué pasa?
—Vi a alguien.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
—¿Dónde?
—Cerca del almacén.
Dejé la tela.
—¿Quién?
Lina tragó.
—Elya.
El mundo pareció quedarse quieto