El silencio tras aquella reunión no terminó al salir de la oficina.
Me persiguió.
Por el pasillo.
Hasta el vestuario.
Hasta esos espacios donde la gente fingía no darse cuenta de nada, pero aun así lo observaba todo.
Incluso me persiguió hasta mis propios pensamientos.
Y eso fue lo peor.
No me fui a casa enseguida.
No podía.
La casa se sentía como otro lugar donde las reglas me oprimían el cuello, y todavía no estaba preparada para volver a ser esa persona.
Así que me quedé.
Me senté en la sala