Papá no dijo palabra mientras caminábamos por el pasillo. Su paso era brusco, con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta y los hombros rígidos, una postura que me indicaba que estaba furioso o a punto de estarlo. El ritmo constante de sus botas sobre el suelo era el único sonido hasta que pasamos junto a un entrenador que llevaba una caja de toallas, quien nos miró con una curiosidad educada que presagiaba que los chismes estarían circulando antes del almuerzo.
Cuanto más nos alejába