La vibración incesante hizo temblar el escritorio. Completamente harto, Nigel agarró el teléfono y ladró, —¡Ya le dije que no voy a vender el Hospital Rogers! ¡Por ningún precio! ¿Cuántas veces más tengo que repetirlo?
—No lo llamo para comprar el hospital, señor Nigel. La voz del hombre era desconocida y llevaba un tono arrogante imposible de ignorar.
Nigel frunció el ceño, pero no dijo nada, esperando a que continuara. —Lo llamo para cobrar una deuda pendiente —dijo el hombre entre una risa b