Se retiró un poco y decidió admirarla, sentada y erguida, con el pecho en un rápido sube y baja que aprisionaba la respiración agitada y pesada, unas cuantas gotas de agua resbalando por su cuello y bajando hasta sus senos, en la punta de uno de ellos brilló una gota cómplice que llamó a Damián para que la limpiara con la punta de su lengua. Una corriente la electrizó al sentir el tibio contacto de su lengua y luego de toda su boca cubriendo y devorando aquel manjar que Damián amaba saborear.
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