Kexo ya estaba allí. Se había quitado la chaqueta y la había drapado sobre la barandilla de la terraza y estaba de pie con las manos en los bolsillos del pantalón, mirando la ciudad con la compostura particular de un hombre que había hecho las paces con el frío de alguna manera general y filosófica.
Escuchó la puerta y se giró.
—¿Has venido? —preguntó.
—Dije que lo haría —respondió ella.
Metió la mano dentro de su chaqueta sobre la barandilla y sacó un sobre sellado. Blanco, sin marcar, del tip