La finca estaba en silencio cuando llegaron a casa.
Elara no había dicho nada en el coche. Alessandro tampoco había dicho nada, lo cual no era inusual; no era un hombre que llenara el silencio con ruido. Pero este silencio tenía una calidad distinta a los suyos habituales. Era el silencio de un hombre que esperaba, que había decidido en algún punto entre la puerta de cristal de la terraza y el asiento delantero del coche que algo estaba por llegar y había resuelto recibirlo sin actuación.
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