La cocina estaba cálida y ella había hecho el café cuando él subió.
Puso dos tazas en la isla.
Él entró con el cabello todavía húmedo de la ducha que aparentemente había tomado en los diez minutos que había dicho que necesitaba, cambiado a pantalón oscuro y una camisa carbón con las mangas ya recogidas hasta el codo de la manera que ella había llegado a entender que era su estado habitual a las siete de la mañana. La miró.
Ella lo miró a él.
Ninguno de los dos habló durante un momento.
Luego él