AARON
Entré en la biblioteca de la mansión sintiendo que el nudo de mi corbata me estrangulaba. Mi abuelo estaba sentado en su sillón, bebiendo un trago como si no acabara de lanzar una bomba sobre mi cabeza. A su lado, Charlotte Sutton me dedicó una sonrisa perfecta, de esas que vienen ensayadas desde la cuna.
—Aaron, querido, qué bueno que llegas —dijo Charlotte, levantándose para besar mi mejilla—. Tu abuelo y yo estábamos discutiendo los detalles de la recepción.
— ¿Qué recepción? —pregunté