35. El fervor

Ha-na se halló abrumada desde el momento en que Heinz la atrajo hacia él. Cuando sintió que era jalada y se acomodaba sobre sus piernas, su primer instinto fue poner sus manos sobre el torso, casi como un acto reflejo. Aunque su mente le indicaba que debería apartarlo, que esto no era lo que ella quería, su cuerpo no respondía con la misma racionalidad. No había una resistencia real, solo el contacto ligero de sus manos sobre el pecho de Heinz. Era como si todo su ser se negara a luchar contra
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