165. El lavado
Heinz llegó al penthouse con pasos firmes, su rostro como una máscara de piedra. Había pasado horas vigilando la casa de Ha-na, y aunque no había conseguido verla, su mente seguía llena de ella. Su flor coreana. Su posesión más preciada, y sin embargo, la más distante en ese momento.
Entró a su habitación, cerrando la puerta con un leve empujón. Comenzó a desabrocharse la camisa con movimientos calculados, quitándosela y dejándola caer al suelo. Lo mismo hizo con los pantalones, los calcetines