121. La lujuria
Ha-na se aferraba al borde del escritorio. Su anatomía vibrando con fuerte temblor ante los asaltos por detrás que le propinaba su joven jefe. La superficie fría le hizo erizar los vellos de su piel, mientras era recorrida por electricidad y dureza en su humanidad. Las acometidas la sumían más en una vorágine de emociones que la dejaba sin aliento. Su mente trataba de procesar lo que sucedía, pero era inútil; todo su ser estaba atrapado en el presente, en el caos maravilloso de lo que compartía