El sonido rítmico de las máquinas acompañaba la respiración pausada de Brooke. Poco a poco, fue saliendo de la oscuridad en la que estaba atrapada, sintiendo primero el peso de sus párpados y luego un leve hormigueo en sus extremidades. Todo le parecía un sueño borroso hasta que un débil quejido escapó de sus labios.
El médico, que revisaba su estado en una tabla, alzó la vista en el instante en que los monitores indicaron un cambio en su actividad.
—Señora Lombardi, ¿puede oírme? —preguntó c