55. Traerla de vuelta
55
Freyja sabe exactamente cuándo cambian de turno.
Lo aprendió observando, fingiendo somnolencia, contando pasos, midiendo voces. Cada guardia tiene un ritmo. Cada ronda deja un vacío breve, microscópico, pero suficiente. Tres minutos. No más.
Es ahora o nunca.
La casa está en silencio. No el silencio cómodo de la noche, sino ese silencio artificial que existe cuando todo está controlado. Freyja se mueve despacio, conteniendo la respiración. La espalda le arde bajo la camisa blanca que todavía lleva puesta. La camisa de Nero. Le queda grande, le roza los muslos, le molesta… pero no tiene nada más.
Y ya está harta.
Harta de camas ajenas. Harta de vigilancia. Harta de sentir que le deben decidir la vida.
Abre el balcón con cuidado. El aire frío de la montaña le golpea el rostro. El bosque se extiende abajo como una boca abierta. No hay carreteras visibles. Perfecto.
Se sube al barandal sin pensarlo demasiado.
Tres minutos.
Salta.
***
En la sala de control, Nero levanta la c