Alejandro le llevó una sustanciosa sopa de arroz con huevo y carne; solo el aroma ya despertaba un apetito voraz.
Sofía tomó el tazón y, sin poder esperar, probó una cucharada.
La sopa estaba deliciosa.
Tenía una consistencia cremosa y suave, y en cada bocado se sentía la delicadeza de los granos de arroz y la suavidad del huevo.
Al llegarle al estómago, sintió una calidez reconfortante por todo el cuerpo.
Terminó hasta la última gota en poco tiempo.
Al levantar la vista, Sofía se dio cuenta de