—Pues quién sabe. Debe ser el destino.
Ambos se sonrieron.
Alejandro también lo notó. Desde que habían aclarado las cosas el día anterior, la distancia entre ellos se había desvanecido. Ahora, ella no solo no lo evitaba, sino que buscaba su cercanía.
Solo de pensarlo, él no podía contener su alegría.
Era suya. Jamás volvería a soltarla.
—Por cierto, cuando llegué no alcancé a escuchar bien, ¿de qué estaban platicando?
Al recordar las palabras de Jimena, sintió el impulso de mandarla de vuelta a