Devon
El jardín estaba en silencio cuando la vi.
No era un silencio real —las hojas se movían con el viento, alguna fuente murmuraba a lo lejos—, pero dentro de mí todo se detuvo en el instante en que reconocí su silueta junto al seto de rosas blancas: Sarah.
Estaba de espaldas, con el cabello cayéndole sobre los hombros, una mano apoyada en la baranda de hierro forjado. No parecía la misma mujer que me había besado días atrás con esa intensidad que todavía me ardía en la boca. Se veía más sere