La mansión Vandervert me recibió como un animal herido, con sus ventanales rotos y las paredes cubiertas de grietas como cicatrices mal curadas. La imponencia de antaño seguía allí, pero vestida de abandono. Caminé despacio por el camino principal, esquivando las ramas secas que se amontonaban como si nadie hubiera barrido en años. Zackary me sujetaba la mano, mirando curioso, pero en silencio. El eco de mis propios pasos parecía burlarse de mí.
Cuando abrí las puertas principales, el rechinar