Fueron al jardín.
No al banco de piedra de la noche de la luz en la ventana. Al sendero lateral, el que bordeaba el seto bajo y llegaba hasta el muro del fondo, donde crecían los últimos rosales de noviembre, ya sin flores pero con la estructura de los tallos intacta, esa resistencia seca que tienen las plantas antes del invierno completo.
Era un camino que ninguno de los dos había elegido conscientemente. Llegaron a él porque era el único espacio de la mansión con suficiente distancia entre la