La noche en la Hacienda Valera nunca traía una verdadera calma. En el ala izquierda del majestuoso edificio, la luz de un pequeño despacho seguía encendida, rasgando la oscuridad del gélido pasillo. En el interior, el olor a papel viejo y el aroma de un café ya frío impregnaban el aire.
Elena Vega estaba sentada tras un gran escritorio de roble, sintiéndose diminuta bajo una montaña de carpetas azules y de informes estadísticos del proyecto de construcción del sur. Le palpitaban las sienes con