Esa noche, el comedor principal de la Hacienda Valera parecía el escenario de una película clásica de suspense. Las velas altas sobre candelabros de plata iluminaban la mesa infinita, repleta de manjares exquisitos. Sin embargo, para Elena, el aroma de la comida le resultaba nauseabundo. En la cabecera, Alejandro se sentaba como un juez supremo, mientras Isabel, a su lado, se esforzaba por repartir sonrisas que intentaran derretir la tensión gélida del ambiente.
Diego estaba sentado justo frent