En aquella noche larga que aún envolvía el complejo del hotel, el ambiente en un café abierto las veinticuatro horas, situado no muy lejos de allí, se sentía profundamente silencioso. En un rincón tenuemente iluminado, una mujer se encontraba sentada sola. Un sombrero de ala ancha y unas grandes gafas de sol ocultaban gran parte de su rostro, escondiendo su expresión de la mirada ocasional de los camareros que pasaban.
Poco después, la puerta del café tintineó suavemente. Mateo Roth entró con p