Mundo ficciónIniciar sesiónLos pasillos del hospital seguían bulliciosos a pesar de lo avanzado de la noche. El eco de los pasos de las enfermeras se entremezclaba con el chirrido ocasional de las camillas que pasaban por el fondo del corredor.
Harper permanecía sentada en silencio en la sala de espera, sosteniendo a Jesslyn dormida en su regazo. La niña se acurrucaba contra ella, abrazando con fuerza su oso de peluche desgastado. De vez en cuando, su pequeño cuerpo se movía inquieto, como si ni siquiera en sueños se sintiera completamente a salvo.
Harper le acariciaba suavemente el cabello a su sobrina cuando levantó la vista y se dio cuenta de que alguien se había sentado frente a ella.
Darian.
El hombre aún llevaba la misma ropa con la que los había encontrado en la calle. Su traje negro seguía impecable, pero las marcas de cansancio se notaban claramente en su rostro.
—¿Adónde piensan ir después de esto? —preguntó Darian de repente, rompiendo el silencio.
Harper negó con la cabeza, agotada.
—Aún no lo sé.
Darian guardó silencio unos segundos.
—¿No tienes dónde quedarte?
Harper esbozó una sonrisa amarga.
—Acabo de perder mi casa hace unas horas.
Esa respuesta dejó a Darian callado de nuevo.
Harper lo observó un momento antes de hablar en voz baja:
—Haces muchas preguntas para alguien que nos detuvo en plena calle y nos trajo al hospital a medianoche sin dar ninguna explicación.
—Solo quiero confirmar algo.
—¿Con una prueba de ADN?
Darian desvió la mirada hacia Jesslyn, que seguía profundamente dormida.
—Sí.
Harper suspiró.
—Normalmente, la gente no para a una mujer y a una niña en la calle y se las lleva a un hospital en mitad de la noche.
Por extraño que pareciera, la comisura de los labios de Darian se curvó ligeramente en una sonrisa apenas perceptible.
—Visto así, suena bastante mal.
—Es que es bastante mal.
Por primera vez, el ambiente entre ellos se volvió un poco más ligero. Pero el momento no duró mucho. La mirada de Darian volvió a fijarse en Jesslyn. El rostro de la niña seguía pálido, con las huellas de todo el llanto que había derramado esa noche.
—Llevo mucho tiempo buscando a su madre —dijo Darian con voz baja.
Harper giró la cabeza de inmediato y lo miró fijamente.
—¿Brianna?
Darian asintió levemente.
—Descubrí todo demasiado tarde.
Su tono seguía siendo neutro y calmado, pero Harper percibió el profundo arrepentimiento que escondían sus palabras.
Estaba a punto de preguntar más cuando el paso de una enfermera cerca de ellos los hizo volver al silencio.
Unos minutos después, Darian se levantó.
—Nos vamos.
Harper frunció el ceño.
—¿Adónde?
—A mi casa.
—No me parece una buena idea.
—¿Tienes alguna otra opción?
Esa pregunta retórica dejó a Harper sin palabras. Darian miró a Jesslyn, que dormía plácidamente en brazos de Harper.
—La niña necesita descansar.
Harper observó el rostro de su sobrina durante un largo rato, sopesando la situación, hasta que finalmente cedió.
—Mañana, en cuanto salgan los resultados de la prueba, nos iremos.
Darian no dio una respuesta definitiva.
—Si esa es tu decisión, no te detendré.
Por alguna razón, esa respuesta tan directa hizo que Harper aún le resultara más difícil leer los pensamientos de aquel hombre.
El sedán negro avanzaba suavemente por las calles cada vez más vacías de la ciudad. Durante todo el trayecto, Harper sostuvo a Jesslyn mientras observaba disimuladamente a Darian a través del espejo retrovisor. El hombre había permanecido casi en completo silencio desde que salieron del hospital. Sin embargo, su silencio no resultaba incómodo… simplemente era imposible de descifrar.
El gran portón de hierro se abrió lentamente cuando el auto entró en la propiedad privada de Darian. Harper se irguió de inmediato en su asiento. La mansión de los Collins ya era grande, pero este lugar transmitía una sensación completamente distinta.
Demasiado silencioso.
Incluso después de que varios autos de seguridad entraran detrás, el enorme jardín seguía pareciendo vacío. Al bajar del coche, Harper se dio cuenta de algo: no había ruido de televisión, ni conversaciones lejanas de empleados, ni música. Una casa tan imponente se sentía como un edificio vacío que nadie habitaba realmente.
—Pasen —dijo Darian.
Su voz sacó a Harper de sus pensamientos. Ella lo siguió cargando a Jesslyn en brazos.
El interior de la mansión estaba dominado por tonos oscuros y una iluminación cálida pero deliberadamente tenue. Todo estaba impecablemente ordenado, casi hasta el punto de resultar frío. La mirada de Harper se detuvo en la gran pared junto a la escalera. Estaba completamente vacía. No había ni una sola foto familiar.
—Las habitaciones ya están preparadas —anunció una mujer de mediana edad que se acercó con actitud respetuosa.
—Señor —saludó la empleada.
—Acompáñalas a la habitación de invitados —ordenó Darian brevemente.
—Entendido.
Harper siguió a la mujer hasta el piso superior. Cuando abrió la puerta de la habitación de invitados, se detuvo en el umbral. El cuarto era enorme, mucho más grande que el pequeño apartamento que había alquilado durante sus años de universidad.
Jesslyn se removió un poco cuando Harper la acostó con cuidado en la cama mullida. La niña abrió ligeramente los ojos.
—Harper… —llamó con voz ronca.
—Estoy aquí —susurró Harper para tranquilizarla.
—¿Dónde estamos?
—En un lugar seguro.
Jesslyn se quedó callada unos segundos antes de abrazar más fuerte su oso de peluche.
—¿Harper no se va a ir, verdad?
Esa pregunta inocente le oprimió el pecho a Harper. Tomó suavemente la manita de la niña.
—Te prometo que nunca te voy a dejar.
Al oír eso, Jesslyn cerró los ojos de nuevo. Pero sus deditos siguieron agarrando con fuerza la mano de Harper, como si temiera perder a la única persona en la que confiaba en este mundo.
Harper se quedó mirándola en silencio, acariciando el dorso de su mano. Sin que ella se diera cuenta, alguien estaba de pie frente a la puerta entreabierta.
Darian.
El hombre observó a Jesslyn durante un buen rato antes de que su mirada se posara completamente en Harper. Su expresión seguía siendo serena como siempre, pero por primera vez esa noche, un destello de emoción vulnerable brilló en sus ojos.
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Marcus ya lo esperaba en el despacho cuando Darian entró. Varios documentos estaban perfectamente ordenados sobre el gran escritorio de madera.
—¿Hay resultados preliminares? —preguntó Darian directamente.
Marcus asintió.
—He investigado el trasfondo de la familia Collins, señor.
Darian se sentó en su silla sin decir nada.
—Es cierto que tenían la intención de enviar a la señorita Jesslyn al orfanato esta misma noche —continuó Marcus—. Y la señorita Harper fue la única que se opuso con fuerza a esa decisión.
Un silencio denso llenó la habitación por unos instantes. Marcus abrió uno de los expedientes.
—También revisamos la habitación donde dormía la señorita Jesslyn en la mansión Collins. —Hizo una breve pausa, midiendo la reacción de su jefe—. La mayoría de sus cosas son de segunda mano, señor.
Darian no se movió, pero su mandíbula se tensó visiblemente.
—Incluso su ropa casi toda es usada. El oso de peluche que siempre lleva lo compró la señorita Harper con su propio dinero.
El silencio volvió a apoderarse de la habitación. Darian encendió un cigarrillo con movimientos lentos y se acercó al gran ventanal que daba al exterior. Las luces de la ciudad brillaban tenuemente a lo lejos.
—La familia Collins considera a la niña como portadora de mala suerte —añadió Marcus con mucho cuidado—, porque sus problemas financieros y empresariales empezaron justo después de su nacimiento.
Darian soltó una risa corta y seca. No sonaba en absoluto a diversión.
—Ojalá supieran… —murmuró casi en un susurro.
El humo del cigarrillo salió lentamente de sus labios, empañando su reflejo en el cristal.
—Quien va a traer la mala suerte a la familia Collins a partir de esta noche… soy yo.







