El silencio era opresivo, un denso sudario que parecía sofocar las llamadas de auxilio de Cathleen. Treinta minutos insoportables habían transcurrido desde que despertó, y Xavier no estaba por ningún lado, y la habitación se sentía más fría a cada segundo que pasaba. Allí tumbada, inmovilizada por el accidente, maldijo la traición de su propio cuerpo.
"Xavier", susurró en voz baja, con un tono cargado de veneno. Pero el nombre se evaporó en el silencio, sin respuesta. El dolor le recordó que es