La furia de la naturaleza se desató con fuerza implacable, azotando el mundo exterior. El ensordecedor estruendo de los truenos resonó en el cielo, ahogando cualquier otro sonido. Nubes densas y oscuras se arremolinaron y engulleron el cielo, antes azul y despejado. Con cada relámpago, las sombras danzaban sobre el pavimento. A medida que la lluvia caía a cántaros, la gente corría a refugiarse, acelerando el paso mientras buscaban cualquier refugio disponible. El furioso aguacero desencadenó el