La noche estaba abrumadoramente oscura. La luna había sido ocultada por una masa espesa de nubes que no dejaba traspasar ni la más mínima claridad esperanzadora. El viento helaba y Regina temblaba a pesar de llevar puesta la chaqueta que aún conservaba el calor de Alecksander. Ella podía sentir las emociones viscerales que en ese momento flotaban en el aire y tuvo que hacer uso de una gran fuerza de voluntad, para no resquebrajarse ella misma.
—Si es demasiado, ve al auto, cariño —le murmuró A