Ian.
—¿Y estamos escondiéndonos porque...?
—¡Ian! —Ella me jala del brazo—. Tú muy bien sabes por qué.
—Ni con esa ropa horrorosa dejas de destacar, a ver… —Le quito las gafas sin formula—. Ya dime para qué me citaste.
Tomamos asiento en unas mesas al final del pasillo. No son horas para estar en una cita, y mucho menos para hablar de mi hermano si eso es lo que ella quiere.
—Ian; dejé un par de cosas en esa casa y necesito que me ayudes a sacarlas. —Ronett por fin me dice—. No quiero pasar por