31. Una visita del enemigo
Salí del hotel, sintiéndome el hombre más jodidamente afortunado del mundo. La noche que había pasado con ella fue asombrosa, justo como lo esperaba. No se comparaba con nada, ni nadie. Ella me eclipsa a los sentidos de una manera increíble, me llevaba a la cúspide del placer sin siquiera esforzarse.
Manejé cuidadosamente sobre las calles de mi ciudad, no podía sacar de mi mente esos ojos almendrados mirándome mientras la llenaba, o sus gemidos cuando succionaba sus pezones. Esas piernas sedosa