Nora.
Nora apareció un martes a la tarde, sin avisar, como si el tiempo no hubiera aprendido todavía a pedir permiso entre nosotras.
Yo estaba en la cocina, intentando decidir si el arroz ya estaba pasado o si todavía podía salvarlo, cuando escuché la llave girar.
No fue un ruido violento, fue familiar, antiguo. Ese sonido que solo hacen las personas que alguna vez vivieron en tu casa y nunca terminaron de irse del todo.
—¿Elara? —dijo desde el pasillo, como si dudara de mi existencia.
—Estoy aquí —r